Tú las blancas, yo las negras. Quiero enrocarme, enrocarte, dejar de jugar esta estúpida partida. El ajedrez es violento, impotente. Toda la rabia y la agresividad crecen en tu interior. Atacar es mi consuelo. Esta vez intento defenderme. Saco los caballos, tensión y elegancia se funden en sus dedos, y sin tocarnos movemos otra pieza. Sé que no acabará en tablas, quizás ahogues a mi rey. Mi única escapatoria es llegar con un peón al final y convertirlo en la torre que derribaste en tu primera jugada. Demasiado lejos, me matarás por el camino. Miro al tablero, muchos huecos, y pienso: “Joder, estoy acorralado”. Mi mano se bloquea, otra gota de sudor frío recorre mi nuca y me quema la espalda a medida que baja. Jugueteo con el caballo. Podría acorralarte o podría mover la torre que me queda. Y cuando me vuelvo a mirar la hora, tú ya has movido y a mí solo me queda un peón. Dos jugadas con tu reina y jaque mate. Es esa puta egoísta que puede joderme a su antojo moviéndose libre por todo el tablero, dominando la partida, haciendo que me arrepienta de todos mis movimientos.
Me encanta y no me gusta. Lanzar dados es más fácil; jugar al azar y no sentir el frío de la distancia y el tiempo quemándome los huesos. Menos mal que soy lo suficientemente inteligente como para no hacerme demasiado caso. Y al final, el pelo alborotado, despeinado, y me agarro las puntas para que duela menos.
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