domingo, 22 de abril de 2012

Que ya está hasta los cojones de peinar tirabuzones


Tú las blancas, yo las negras. Quiero enrocarme, enrocarte, dejar de jugar esta estúpida partida. El ajedrez es violento, impotente. Toda la rabia y la agresividad crecen en tu interior. Atacar es mi consuelo. Esta vez intento defenderme. Saco los caballos, tensión y elegancia se funden en sus dedos, y sin tocarnos movemos otra pieza. Sé que no acabará en tablas, quizás ahogues a mi rey. Mi única escapatoria es llegar con un peón al final y convertirlo en la torre que derribaste en tu primera jugada. Demasiado lejos, me matarás por el camino. Miro al tablero, muchos huecos, y pienso: “Joder, estoy acorralado”. Mi mano se bloquea, otra gota de sudor frío recorre mi nuca y me quema la espalda a medida que baja. Jugueteo con el caballo. Podría acorralarte o podría mover la torre que me queda. Y cuando me vuelvo a mirar la hora, tú ya has movido y a mí solo me queda un peón. Dos jugadas con tu reina y jaque mate. Es esa puta egoísta que puede joderme a su antojo moviéndose libre por todo el tablero, dominando la partida, haciendo que me arrepienta de todos mis movimientos.
Me encanta y no me gusta. Lanzar dados es más fácil; jugar al azar y no sentir el frío de la distancia y el tiempo quemándome los huesos. Menos mal que soy lo suficientemente inteligente como para no hacerme demasiado caso. Y al final, el pelo alborotado, despeinado, y me agarro las puntas para que duela menos.

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