martes, 24 de abril de 2012

L'esprit de l'escalier

 


      Aquella conversación se había alargado más de lo habitual. Ni peleas de gallos, ni luchas en el barro. Fue atípicamente racional, jugaron limpio, sin puños americanos ni ases en la manga. Los 17 minutos más intensos de sus vidas. Demasiadas verdades, demasiados recuerdos. Ninguno quería marcharse y, a la vez, los dos querían huir.
    Me clavaba los ojos tan fuerte que me dolía. Hice un esfuerzo; no para no llorar, sino para no gritar. Casi no hablé. Para un oyente la culpa de aquel bucle de mutua destrucción sería mía, pero los actores secundarios solo son extras. Esta vez el protagonismo me metía el dedo en la llaga de la impotencia. Seguía callada y de su boca solo brotaban puñetazos a la mía. Me gustaba jugar a bañarme en su hipocresía pero el desprecio y el rencor me invadieron. Di un paso al frente y le besé sin mediar palabra. Adoro su cara de desconcierto ante mis ataques de locura transitoria; en realidad, era lo único que me gustaba de él, pero supongo que odiarlo no era suficiente impedimento para dejar de amarlo.
     La madre de Forrest Gump decía que "la vida es como una caja de bombones porque nunca sabes lo que te va a tocar". Mi teoría es que la vida es como los tacones, si quieres triunfar tienes que joderte las rodillas. Mi caja estaba ordenada y tenía loctite en la apertura, pero algún desaprensivo egoísta vino y la forzó, la descolocó, se comió algunos y lo dejó todo manchado. Disfruté de ese caos durante un tiempo, pero todo es efímero y los bombones y los tacones altos no son para mí. Soy más de porros y pisamierdas.

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