jueves, 3 de mayo de 2012

Cegera crónica


“Aquella mañana se levantó cansado, fue dando tumbos hasta la cocina, a ciegas cogió su taza, y se sirvió 3 dedos del café más amargo que se podría imaginar, de un sorbo, ni siquiera un gesto de desagrado en su cara, ni siquiera un gesto en su cara, que parecía no recordar las sensaciones , tan solo sinuosos  parpadeos que le permitían abrirse paso entre la maleza, llovía, para él eso justificaba las turbulencias de un día que parecía replegarse sobre sí mismo mientas las gotas golpeaban contra el cristal del limpiaparabrisas, aquel 30 de febrero era festivo, la ciudad dormía y solo el ronroneo de su audi rompía aquella perfecta armonía. Sacó su cd, y la banda sonora de su vida rompió la sinfonía que lluvia le regalaba, flotando sobre niebla condujo durante un par de horas, sin apenas ver. Guiado por la intuición y por la familiaridad de aquellas callejuelas  se saltó un par de semáforos, el rojo no le intimidaba, y sumido en su caos interno se dejó llevar de nuevo en aquella mañana inusualmente cálida con una luz cegadora le quemaba los ojos, creando sobre el un deseo irrefrenable, los cerró con fuerza,  al volver a abrirlos solo vió oscuridad. Lo invadió esa sensación de angustia, de una eterna caída en sueños solo sujeto por una cuerda que el filo de una espada amenazaba con cortar , y mientras se desplomaba por un precipicio infinito, escuchaba voces familiares, pero estaba ciego, y si nadie lo despertaba quedaría atrapado en aquel  mundo onírico para siempre, quizás no había tomado suficiente café, a lo mejor se había puesto la corbata de antifaz….. no lo creo, él sabía que había cerrado los ojos con tanta fuerza que ya no se acordaba de cómo abrirlos, y cuando pensaba que no había salida, susurros de esperanza bañaron sus oídos, toda la impotencia y la rabia dejaron paso a la cordura y a una amarga ternura y a heridas que ya no supuran , y …….  a todo lo que había estado siempre ahí pero que alguien había empañado con el aliento efímero de autocompasión y la autocomplacencia.
 Al fin su mundo inexplorable, incomprensible, inabarcable, incognoscible, un lugar donde lo bello y lo grotesco van de la mano y crean un aurea inigualable de  autenticidad y verdad.
Y, aunque aunque le gustase pensar que el  reflejo de aquella espada en el agua podía cegarlo y hacerle estremecerse , a  partir de entonces solo quitaría sus gafas de sol para cruzarse con el brillo de los ojos que fuesen capaces de despertar en él aquel ya casi olvidado sentimiento de valentía. 
    

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